La ciudad está tan quieta en estos momentos.
Puente Alto es un lugar que me gusta de noche, o por lo menos es esta parte de la ciudad la que me gusta, esta parte de la comuna la que admiro.
Salir a la calle y sentir ese olor a mundo es realmente reconfortante. Sus luces, sus polillas, su oscuridad, sus escasos autos que pasan lentos por estas calles vírgenes. La música que se escucha en alguna casa lejana. Las luces que iluminan el barrio como si fuera Navidad. Y de vez en cuando encontrarse con un niño que corre por la vereda, sus pasos suenan en el silencio. O una pareja de jóvenes enamorados caminando pausada y acompasadamente por la orilla de la calle desierta. Abrazados, soltando una que otra risa tenue al aire frío. Y darse cuenta de que es esto lo que encierra en mundo en una noche de noviembre da para mucho.
Mirar, por ejemplo, el llanto de una niña semi desnuda asomada a la ventana de un segundo piso, donde las luces de los faroles amarillos ocultan su incipiente desnudez.
Las ganas de ir corriendo allá arriba no se hacen esperar. Ir al segundo piso, contemplarla en su esplendor, cubrirla con mis brazos y amarla en esa ventana.
La ciudad está tan quieta en estos momentos, pero ya no hay nadie.
No hay nadie en las calles, ya no iluminan los faroles y todos se han ido. Me encuentro en el segundo piso de una casa abandonada, mirando por una ventana llena de telas de araña.
No hay nadie. Ella se ha ido, o acaso nunca estuvo.
Me siento en el piso de tablas crujientes a pensar en la existencia. Una barata vaga al lado mío. ¿Será ella?
La vida desemboca en horas, días y años dentro de esa casa. No existen las calles ni los jóvenes enamorados. No existen los niños. No existe la casa ni las telas de araña. No existen las baratas ni las tablas crujientes. No existe la noche, y todo desemboca en un abrir y cerrar de párpados en un lugar cualquiera, donde el tiempo y el espacio son imaginarios.
Igual que tú, que crees vivir. Despierta, pues, de ese sueño.
lunes 23 de noviembre de 2009
sábado 21 de noviembre de 2009
Una diálogo con las estrellas.
Una vez dialogué con las estrellas.
Les pregunté como era su vida allí en el cielo, pero me respondieron en un idioma que yo no conocía. De modo que nada entendí de lo que ellas me dijeron, pero algo percibí en esas palabras desconocidas.
Miedo.
Miedo era lo que sentían las estrellas con las cuales dialogué. Pero interrogando a otro tipo de estrellas me di cuenta de que estas que usaban palabras confusas eran estrellas de oscuridad, y sentían miedo a causa de la oscuridad en la cual vivían día a día. Caí en la cuenta entonces de que existían diversos y muy variados tipos de estrellas. A parte de las de oscuridad, existían también las estrellas de luz, y las estrellas de fuego, además de las estrellas de agua. Todas ellas vivían en el mismo lugar en el cielo. Aunque cada cual vivía a su manera y según sus costumbres, incluso había veces en que las de oscuridad nunca hablaban con las de luz, ni las de fuego con las de agua, de modo que cada una de las estrellas solo se conocía a si misma y nada más. Por lo tanto llevaban una vida un tanto monótona, rutinaria. En la mañana tomaban el almuerzo, pues despertaban con hambre luego de una noche entera en que debían ayudarle a la luna a iluminar la tierra.
Luego de tomar el almuerzo en la avenida, se encerraban en sus casas a resolver problemas poéticos y componer música fantástica, labor que era muy difícil por lo demás. Así era mi diálogo con las estrellas. Hablábamos del universo y lo complejo del orden de las galaxias, de los asteroides que de vez en cuando caían a la tierra y de los cometas que cada mil generaciones se daban una vuelta por el planeta. Discutíamos también acerca de i el universo era o no infinito y nos devalábamos en teorías por aquí y por allá.
De pronto nos vimos hablando de las ampolletas y todos esos aparatos eléctricos que de una u otra forma pretenden imitar la inimitable luz del sol.
Que terrible esto de las ampolletas, exclamaron al unísono cuando yo les hice saber de la existencia de estos simpáticos aparatos. Y yo que creía que era nuestra luz la que se veía en esas, dijo una estrella pequeñita como una canica de cristal verde oscuro.
La cosa es que en el mundo este los sucesos son extraños para ustedes puesto que nunca habían oído hablar de aquello, pues todo parece extraño la primera vez, intenté consolarla a la pobre estrella. Pero ella se largó a llorar, y con ese llanto todas las estrellas soltaron las lágrimas con lo cual se formó un llanto, que más que lágrimas y sollozos, irradiaba una luz amarilla que me cegó la vista durante unos minutos. Incluso ya no escuchaba nada.
El cielo de noche se volvió blanco como el de día, y el sol no volvió a asomar por ninguna parte, pues no se le veía por ningún lado. Incluso la luna tampoco apareció, por lo que la tierra solo fue iluminada por el llanto amarillo de las estrellas.
Y todo por culpa de las ampolletas.
Les pregunté como era su vida allí en el cielo, pero me respondieron en un idioma que yo no conocía. De modo que nada entendí de lo que ellas me dijeron, pero algo percibí en esas palabras desconocidas.
Miedo.
Miedo era lo que sentían las estrellas con las cuales dialogué. Pero interrogando a otro tipo de estrellas me di cuenta de que estas que usaban palabras confusas eran estrellas de oscuridad, y sentían miedo a causa de la oscuridad en la cual vivían día a día. Caí en la cuenta entonces de que existían diversos y muy variados tipos de estrellas. A parte de las de oscuridad, existían también las estrellas de luz, y las estrellas de fuego, además de las estrellas de agua. Todas ellas vivían en el mismo lugar en el cielo. Aunque cada cual vivía a su manera y según sus costumbres, incluso había veces en que las de oscuridad nunca hablaban con las de luz, ni las de fuego con las de agua, de modo que cada una de las estrellas solo se conocía a si misma y nada más. Por lo tanto llevaban una vida un tanto monótona, rutinaria. En la mañana tomaban el almuerzo, pues despertaban con hambre luego de una noche entera en que debían ayudarle a la luna a iluminar la tierra.
Luego de tomar el almuerzo en la avenida, se encerraban en sus casas a resolver problemas poéticos y componer música fantástica, labor que era muy difícil por lo demás. Así era mi diálogo con las estrellas. Hablábamos del universo y lo complejo del orden de las galaxias, de los asteroides que de vez en cuando caían a la tierra y de los cometas que cada mil generaciones se daban una vuelta por el planeta. Discutíamos también acerca de i el universo era o no infinito y nos devalábamos en teorías por aquí y por allá.
De pronto nos vimos hablando de las ampolletas y todos esos aparatos eléctricos que de una u otra forma pretenden imitar la inimitable luz del sol.
Que terrible esto de las ampolletas, exclamaron al unísono cuando yo les hice saber de la existencia de estos simpáticos aparatos. Y yo que creía que era nuestra luz la que se veía en esas, dijo una estrella pequeñita como una canica de cristal verde oscuro.
La cosa es que en el mundo este los sucesos son extraños para ustedes puesto que nunca habían oído hablar de aquello, pues todo parece extraño la primera vez, intenté consolarla a la pobre estrella. Pero ella se largó a llorar, y con ese llanto todas las estrellas soltaron las lágrimas con lo cual se formó un llanto, que más que lágrimas y sollozos, irradiaba una luz amarilla que me cegó la vista durante unos minutos. Incluso ya no escuchaba nada.
El cielo de noche se volvió blanco como el de día, y el sol no volvió a asomar por ninguna parte, pues no se le veía por ningún lado. Incluso la luna tampoco apareció, por lo que la tierra solo fue iluminada por el llanto amarillo de las estrellas.
Y todo por culpa de las ampolletas.
viernes 20 de noviembre de 2009
Hay veces en que vale la pena no hacer nada.
Hay veces en que vale la pena no hacer nada.
Sentarse en un sillón oscuro y ponerse a pensar en la condición humana.
Que es un solo hombre en un mundo inmenso, plagado de todo tipo de diversidad y diversidad.
Pensar en como sería un comienzo o la verdad.
Dudar frente a todo convencionalismo, tradición, costumbre.
Vivir de forma que la vida no se vuelva una rutina.
Que tu vida florezca como un flor y vuele por senderos desconocidos como un pájaro azul.
Sentir que se siente aquello.
Tocar con la mirada cada fibra del mundo.
Y que cada fibra del mundo te devuelva esa mirada.
Por eso vale la pena a veces no hacer nada y sentarse en un sillón oscuro para pensar en la condición humana.
Que notable se vuelve el mundo de un momento a otro.
Creer que de una tímida mirada poder abarcar cada mar y cada tierra.
Me persigue un fantasma, y es el tuyo.
Me persigue otro, y es el fantasma de la crítica.
El fantasma del rechazo.
Ya van muchos meses en que aquel me encontró, él no me deja y me persigue a donde quiera que vaya.
Es el fantasma de la crítica, es el fantasma nihilista, el fantasma que complica aun más mi existencia.
¿Que hacer? El lo que yo me pregunto.
Que hacer en este mundo violador, agresivo.
El mundo ya no le tiene amor al arte, por aquello no he de ser feliz nunca.
Pues nunca veré con mis propios ojos el amor al arte, en los ojos del mundo.
Quizá si se coloca unos anteojos lo vea, vea al arte desnudo y se enamore de él.
Pero solo quizá.
Hay veces en que vale la pena no hacer nada, sentarse a pensar en la condición humana.
Oír como pelea la gente allá afuera y está silenciosa acá adentro.
Sentarse a pensar en las nubes, y su flojo caminar por el cielo.
Sentarse en un sillón cómodo y ponerse a pensar en un reencuentro y una despedida.
Sentarse a pensar en esa guitarra, a mirarla mejor dicho, contemplar su estructura y darse cuenta de que allí descansan una gran variedad de sonidos, una gran variedad de tonos. Tantas canciones dormidas que esconde esa guitarra y tanto que luchan por salir de allí, pues al mínimo roce con su cuerpo ya se siente ese cálido susurro, ese tenue cantar que duerme allí, adentro, esperando que alguien se decida a despertar las notas correctas para descubrir la belleza de este suave canto de sirena.
Sentarse a pensar si existirán las sirenas y todo lo que eso conlleva.
Confeccionar mundos existentes en tu propia cabeza y sentir que se siente aquello.
Oír aquel dulce silencio.
Sentir que se siente sentir.
Escribir a mano un cuento de ángeles de fuego.
Escribir a mano cartas de amor y otros disparates.
Pero el fantasma de la crítica me persigue y me derrumba este castillo de naipes que con tanto esmero he construido yo solo, a un costado del mundo.
Pero, a pesar de todo, vale la pena, a veces, no hacer nada, y sentarse en un sillón de cuero negro a pensar en la condición humana.
Sentarse en un sillón oscuro y ponerse a pensar en la condición humana.
Que es un solo hombre en un mundo inmenso, plagado de todo tipo de diversidad y diversidad.
Pensar en como sería un comienzo o la verdad.
Dudar frente a todo convencionalismo, tradición, costumbre.
Vivir de forma que la vida no se vuelva una rutina.
Que tu vida florezca como un flor y vuele por senderos desconocidos como un pájaro azul.
Sentir que se siente aquello.
Tocar con la mirada cada fibra del mundo.
Y que cada fibra del mundo te devuelva esa mirada.
Por eso vale la pena a veces no hacer nada y sentarse en un sillón oscuro para pensar en la condición humana.
Que notable se vuelve el mundo de un momento a otro.
Creer que de una tímida mirada poder abarcar cada mar y cada tierra.
Me persigue un fantasma, y es el tuyo.
Me persigue otro, y es el fantasma de la crítica.
El fantasma del rechazo.
Ya van muchos meses en que aquel me encontró, él no me deja y me persigue a donde quiera que vaya.
Es el fantasma de la crítica, es el fantasma nihilista, el fantasma que complica aun más mi existencia.
¿Que hacer? El lo que yo me pregunto.
Que hacer en este mundo violador, agresivo.
El mundo ya no le tiene amor al arte, por aquello no he de ser feliz nunca.
Pues nunca veré con mis propios ojos el amor al arte, en los ojos del mundo.
Quizá si se coloca unos anteojos lo vea, vea al arte desnudo y se enamore de él.
Pero solo quizá.
Hay veces en que vale la pena no hacer nada, sentarse a pensar en la condición humana.
Oír como pelea la gente allá afuera y está silenciosa acá adentro.
Sentarse a pensar en las nubes, y su flojo caminar por el cielo.
Sentarse en un sillón cómodo y ponerse a pensar en un reencuentro y una despedida.
Sentarse a pensar en esa guitarra, a mirarla mejor dicho, contemplar su estructura y darse cuenta de que allí descansan una gran variedad de sonidos, una gran variedad de tonos. Tantas canciones dormidas que esconde esa guitarra y tanto que luchan por salir de allí, pues al mínimo roce con su cuerpo ya se siente ese cálido susurro, ese tenue cantar que duerme allí, adentro, esperando que alguien se decida a despertar las notas correctas para descubrir la belleza de este suave canto de sirena.
Sentarse a pensar si existirán las sirenas y todo lo que eso conlleva.
Confeccionar mundos existentes en tu propia cabeza y sentir que se siente aquello.
Oír aquel dulce silencio.
Sentir que se siente sentir.
Escribir a mano un cuento de ángeles de fuego.
Escribir a mano cartas de amor y otros disparates.
Pero el fantasma de la crítica me persigue y me derrumba este castillo de naipes que con tanto esmero he construido yo solo, a un costado del mundo.
Pero, a pesar de todo, vale la pena, a veces, no hacer nada, y sentarse en un sillón de cuero negro a pensar en la condición humana.
jueves 19 de noviembre de 2009
De vez en cuando.
Pasa el tiempo acá, en esta habitación silenciosa.
Hace calor, y el sueño me invade.
En estos momentos es cuando me acuerdo de los pasajeros del Metro de Santiago.
Tan silenciosos, dueños de su propia miseria.
¿Que pasará por sus cabezas al ir en un vagón silencioso?
Es lo que me pregunto yo.
Mirar el rostro de esas personas es algo sin igual. Intentar adivinar las ideas que flotan en sus subconscientes es algo muy difícil por lo demás, pero me ayuda a pasar rápido el vieja cuando no voy con audífonos.
Y es que subirse al Metro de Santiago sin audífonos en este mundo globalizado es un suicidio.
Le hablas a alguien y ellos te evitan.
La gente está tan preocupada de si misma.
Pero que aburrido hablar de eso.
No es cierto?
Siempre termino hablando estupideces.
Debe ser el calor, no crees?
Me prometiste que te vería en dos semanas, espero que sea cierto.
Porque si no me voy a enojar muy enojado.
Muchas veces he estado ni ahí con muchas cosas, es lo que me caracteriza según tú.
Un indiferente del mundo.
Quizá tengas razón, me siento algo así.
Oh como me gustaría verte.
Me da gusto hablar contigo de vez en cuando.
Me recuerdas a esa gente del Metro de Santiago.
Me recuerdas a ese puente en lo alto.
Bajo una línea del Metro de Santiago.
Me recuerdas a ese sol, y a ese beso.
A ese beso y a ese abrazo.
A ese sol y ese puente.
Bajo el Metro de Santiago.
Me recuerdas tantas cosas, evoco tantas cosas.
En mi subconsciente evoco, tantas cosas.
A esa gente silenciosa, como fantasmas de ultratumba.
Y girasoles de cementerio helado.
Espinas del recuerdo, espinas que tienen tu nombre.
Y tus ojos de serpiente.
Y pienso todo eso en esta habitación.
Caliente y soñolienta.
Helada y despierta.
Como tú.
Hace calor, y el sueño me invade.
En estos momentos es cuando me acuerdo de los pasajeros del Metro de Santiago.
Tan silenciosos, dueños de su propia miseria.
¿Que pasará por sus cabezas al ir en un vagón silencioso?
Es lo que me pregunto yo.
Mirar el rostro de esas personas es algo sin igual. Intentar adivinar las ideas que flotan en sus subconscientes es algo muy difícil por lo demás, pero me ayuda a pasar rápido el vieja cuando no voy con audífonos.
Y es que subirse al Metro de Santiago sin audífonos en este mundo globalizado es un suicidio.
Le hablas a alguien y ellos te evitan.
La gente está tan preocupada de si misma.
Pero que aburrido hablar de eso.
No es cierto?
Siempre termino hablando estupideces.
Debe ser el calor, no crees?
Me prometiste que te vería en dos semanas, espero que sea cierto.
Porque si no me voy a enojar muy enojado.
Muchas veces he estado ni ahí con muchas cosas, es lo que me caracteriza según tú.
Un indiferente del mundo.
Quizá tengas razón, me siento algo así.
Oh como me gustaría verte.
Me da gusto hablar contigo de vez en cuando.
Me recuerdas a esa gente del Metro de Santiago.
Me recuerdas a ese puente en lo alto.
Bajo una línea del Metro de Santiago.
Me recuerdas a ese sol, y a ese beso.
A ese beso y a ese abrazo.
A ese sol y ese puente.
Bajo el Metro de Santiago.
Me recuerdas tantas cosas, evoco tantas cosas.
En mi subconsciente evoco, tantas cosas.
A esa gente silenciosa, como fantasmas de ultratumba.
Y girasoles de cementerio helado.
Espinas del recuerdo, espinas que tienen tu nombre.
Y tus ojos de serpiente.
Y pienso todo eso en esta habitación.
Caliente y soñolienta.
Helada y despierta.
Como tú.
lunes 16 de noviembre de 2009
Lo que fue el Instituto.
Acaba una etapa, una parte de mi vida.
Han sido trece años como escolar, de los cuales los últimos seis fueron vividos y sufridos y reídos en el Instituto Nacional.
Es increíble el cariño que uno puede llegar a tenerle a una institución que negó por tanto tiempo.
Me he dado cuenta de que en el final de las cosas nos damos cuenta de quien realmente somos. Entonces yo me pregunto ¿de qué me daré cuenta en el final de mis días?
Es inevitable la nostalgia a estas alturas del camino, dijo un compañero mío hace algunas semanas. Y por supuesto que tiene toda la razón. Si me pusiera a recordar todas las cosas que he vivido en este colegio no terminaría nunca. Creo que los seis años más importantes de mi vida los he vivido en este colegio.
Fue una cachetada a la cara el cambio vivido al llegar a esas aulas en séptimo año. El sentarse en una sala distinta con asientos distintos y personas desconocidas fue para mí un esbozo de lo que realmente es el mundo. Llevar algunos días antes de entablar contacto directo con algún alumno. Notarse tan pequeño en un colegio gigantesco que recorría en los recreos como si fuera un laberinto. Eso era lo que el Instituto me ofrecía en aquellos años.
Mis primeros rojos fueron en este colegio, recuerdo que mi primera nota en Lenguajes fue un cuatro, y en Matemáticas fue un uno. Otra cachetada en la cara. Así comenzaban los primeros problemas en casa, y con ellos, los primeros síntomas de una depresión que no culminaría nunca, por motivos muy diversos y cambiantes. Los primeros llantos y los primeros anhelos de escapar de esa realidad agobiante, de volver a la humilde escuela de mi barrio, con mis amigos y amigas de siempre, que conocía desde Kinder.
Pero en cambio se acababa un año intenso, muy intenso. La alegría de la noticia de que yo pasaba de curso reflejada en el rostro de mi madre fue algo muy grato.
Comenzaba el último año de mi enseñanza básica. Ese año, recuerdo, comencé a conocer de verdad a algunas personas. Salía con algunos compañeros a jugar videojuegos al Alonso Ovalle y a reír con ellos. Así comenzaba una interesante historia, una interesante batalla, mejor dicho. Y es que nos empezábamos a dar cuenta de que era la vida, o por lo menos lo que creíamos que era. Empezábamos a descubrir nuestro cuerpo, a ver las primeras porno, a mirar con otros ojos a las jóvenes en la calle.
Estábamos a las puertas de la enseñanza media y ya familiarizándonos con el colegio, adaptándonos a su sistema y a sus reglas. Aprendiendo que sacarse un rojo en cualquier ramo no era el fin de los tiempos, sino algo que a todos y a cada uno de nosotros nos pasaba, y nos seguiría pasando, pues vivíamos una etapa de curiosidad y descubrimiento por lo desconocido y atrayente, donde el colegio y las supuestas responsabilidades pasaban a segundo plano, y nuestro único interés era conocer y conocer, descubrir y descubrir. Eso es lo que hicimos al fin y al cabo, y por eso hubo años en que tuvimos que subirnos por las ventanas al bus de promoción al siguiente año.
A nosotros nos daba lo mismo, pero a nuestros padres no. Los castigos y retos se intensificaron, y con ellos nacieron las primeras discusiones entre padres e hijo. Los primeros sermones en que el padre hablaba estrepitosamente mientras el hijo, lleno de lágrimas y mocos, pensaba en alguna niña o en el castigo que se le avecinaba.
Así llegó la enseñanza media, y con ella, el pelo largo y la incipiente barba.
Nuevas discusiones con nuestros viejos para conservar esas características que nos hacían sentirnos más grandes. Discusiones que no se acabarían hasta que saliéramos de cuarto medio, por lo menos en mi caso.
En primero medio éramos lo más grandes de la tarde, y en segundo medio pasamos a ser los más chicos de la mañana. El levantarse temprano fue una pesadilla que hasta hoy no he podido vencer, y creo que por lo demás nunca lo haré.
Llegábamos a un colegio distinto, más frío, más lúgubre, más callado. Las puertas recién de habrían, el ambiente era más silencioso. No como en la tarde, cuando llegábamos al establecimiento entre un alboroto de gente y un sol radiante. Ahora las puertas recién se habrían y no había casi nadie del lado de adentro. El Instituto recién a despertarse.
Pero nuestra verdadera alegría, o nuestra verdadera ruina, comenzó en segundo medio. Descubrimos el alcohol, y todo lo que eso conlleva. Descubrimos la droga, y todo lo que eso conlleva. Descubrimos el rock, y todo lo que eso conlleva. Sexo, drogas y rock and roll podría ser un resumen de lo que vivíamos, era algo sin comparación. Nuestras primeras borracheras y voladas varias, así como nuestra primera vez en la cama con un niña, que se levantó de ella como una mujer.
A estas alturas ya teníamos algunos lazos bien importantes con ciertas personas, por eso fue incómodo cuando nos contaron que al siguiente año deberíamos dividirnos entre humanistas, biólogos y matemáticos.
Yo me incliné por el humanismo, ya que Lenguaje y sobre todo la Literatura me empezaban a atraer muchísimo. Pero la mayoría de mis compañeros y amigos se inclinaron por las otras áreas. No me arrepiento de mi elección, puesto que me sirvió para conocer a más gente y encaminarme a lo que realmente quiero ser.
Ya en tercero medio, tuve el honor de conocer gente realmente valiosa. Aquí me formé como humanista, comencé a ir a la biblioteca por libros para leer, el único vicio que nunca podré dejar.
Se desarrollaban en mí mis propias ideas sobre el mundo. Me deleitaba viendo y escuchando hablar a mis compañeros frente al curso. Comenzaba a entender Filosofía y Literatura, que combinados con nuestras salidas y carretes hacían de ellos una mezcla explosiva y peligrosa. Incluso nos acercábamos a la vida bohemia y nihilista que admiro mucho, pero que hasta ese momento nos a destruido y vuelto a crear, dejando como resultado a uno jóvenes idealistas, reflexivos, creativos y con una visión de mundo que no simpatiza con el sistema imperante.
Así comenzaron ciertos períodos de crisis existencialistas, y todo lo que eso conlleva. El rechazo frente a todo convencionalismo, costumbre, tradición. Una sociedad que repudiamos, un sistema capitalista y consumista, que devora a todo el mundo. Y es que nosotros nos dábamos cuenta de todo esto, pero no hacíamos nada por cambiarlo. Ese ha sido uno de nuestros errores, de los muchos que cometimos en esta estadía.
La gira de curso a Viña del Mar, en el verano del pasado año nos sirvió a muchos para entablar o reforzar ciertos lazos. Allí comencé a fumar, un vicio algo raro.
Hasta que entramos a cuarto medio, sea quizás el mejor de los años en el Instituto Nacional. Aquí conocí y me reencontré con profesores notables. Del año pasado ya que me dedicaba a la escritura en mis tiempos libres, pero tuve, muy a pesar mío, que dejarla de lado debido a que mis padres me matricularon en un preuniversitario. Ya no tenía tiempo para nada.
Es cierto, su mayor anhelo es verme en una universidad, para luego ser un profesional y ganar mucho dinero. Pero no es lo que yo quiero para mi vida. Se lo dije en una oportunidad, pero no me tomaron en cuenta.
La vida es muy dura, hay que saber hacerla más soportable.
De modo que luego del colegio iba al preuniversitario con algunos compañeros de curso. Allí conocí a algunas personas y me hice amigo de otras. Conocí a excelentes profesores también. Es lo que más agradezco de esa experiencia, haber conocido gente nueva.
Pese a todo, se acercaba el final de año, el final de una etapa. Ya nos martirizaban con la PSU y todas esas cosas que poco nos importaban.
Comenzaba a subirnos la nostalgia al recorrer el colegio y darnos cuenta de que habíamos vivido allí seis años de nuestra vida. Habíamos entrado muy pequeños, pelo corto, corbata arriba, camisa adentro, pantalones planchados y zapatos lustrosos. Pero ahora nos mirábamos y todo era tan distinto. Teníamos el pelo largo, andábamos desordenados, nuestros zapatos no brillaban, teníamos algunas espinillas y algún esbozo de barba y bigotes, incluso ya ni siquiera usábamos camisa.
Nos dábamos cuenta de que el colegio había envejecido con nosotros, había crecido también a pesar de todo. Había soportado tomas y paros, ocupaciones y manifestaciones varias. Había soportado lacrimógenas y chorros de agua sucia. Mirábamos por una ventana y nos sentíamos crecidos, grandes, viejos. El colegio era nuestro hogar, nuestros compañeros, profesores, docentes, académicos y todos los que trabajaban allí eran nuestra familia. Incluso siento mucha pena, muchísima pena al darme cuenta de que puede haber hecho muchas cosas más. Quise participar de la Academia de Letras, plantear mi opinión en diversas instancias, conocer mejor a las personas, a mis compañeros, al alumnado, a los profesores, a todo el mundo, y que ellos me conocieran a mí.
Con aquella nostalgia en el pecho se iniciaba la última semana de clases, mi última semana como escolar, mis últimos días en el Instituto. Pasaron las últimas pruebas y las últimas clases. Así llegó el jueves, último día como escolar. Las firmas de las camisas fue algo muy emotivo, despedidas varias, abrazos, dedicatorias, versos, lágrimas y un ambiente en el colegio que nunca olvidaré.
Creo que fui feliz ese día, me sentía tan cercano a todos, el colegio era mi amigo. Contemplar desde fuera una sala de séptimo básico en clases fue algo increíble. Saber lo que a esos niños les esperaba fue inexplicable.
Recuerdo que ese día, ese jueves, acordamos con unos compañeros de curso quedarnos a dormir en el colegio. Nos conseguimos alcohol y droga, nos juntamos a eso de las siete y media fuera del colegio. Entramos alrededor de las ocho y nos escondimos en la sala del centro de alumnos. Allí estuvimos escondidos con un grupo de diez compañeros hasta que todas las luces se apagaron y cada autoridad salió por la puerta.
El colegio era nuestro. Y nos sentimos libres.
Fuimos a buscar a algunos que estaban escondidos en el zócalo y a otros que se pasarían por San Diego. Luego de aquello, recorrimos el colegio libremente. El silencio era total y es establecimiento estaba sumergido en una clara oscuridad, ayudado por las luces de los edificios vecinos, agradable al ojo humano.
Volvimos a las sala del centro de alumnos y sacamos el alcohol y la droga. Lo pasamos expectacular. Era nuestro último día como escolares y había que celebrarlo.
Al cabo de unas horas bajamos al zócalo a inflar las bombitas de agua, pues al día siguiente, o mejor dicho, en unas cuantas horas, se efectuaría la guerra institutana de cuartos medios.
Ya al amanecer, algunos salimos del establecimiento para juntarnos en Plaza de Armas, pues allí habíamos quedado con los cuartos medios para realizar la marcha de devolución de la campana, desde allí al colegio.
Fue todo un éxito.
Entre cánticos y gritos atravesamos el Paseo Ahumada, y al llegar al colegio y entrar en él, alrededor de las nueve, ya se sintieron las primeras explosiones de bombitas de agua. Entonces el grito de guerra no se hizo esperar y cada humanista, biólogo y matemático corrió junto a los suyos, para prepararse a la guerra.
Ya cada bando estaba armado, de una lado la alianza matemático-humanista, y del otro, los biólogos. Entonces las bombitas de agua se tomaron el patio de honor, la arena de batalla. Así comenzaba la guerra.
Rápidamente algunos tuvimos que ir a recargar, mientras algunos de los nuestros eran atrapados por los enemigos. Así se sucedía la guerra. Y al cabo de algunas horas, cuando ya no quedaban municiones, comenzó la vuelta olímpica. Los himnos sonaban en lo alto, y los cantamos con el alma.
El colegio se acababa, y ahí, en medio de tanta gente eufórica, me di cuenta de su significado. Ya no había más.
Nos desprendimos de nuestras ropas y las colocamos al sol. Me enteré de que en unos minutos más se iba a realizar una despedida de los cuartos medios en el Parque O'higgins, así que con un grupo de amigos decidimos ir allá. Nos compramos algo para comer, cuidando de que nos quedara dinero para el alcohol, y tomamos el metro. Al llegar allá nos dimos cuenta de que había un montón de gente. Está de más decir que fue un pedazo de carrete, ahí entre los árboles. Varios jóvenes alcoholizados y risas por doquier. Yo me fui como a las ocho, porque ya no aguantaba más las ganas de vomitar, y además creo que ya no quedaba ni alcohol ni cigarros. Tambaleándome logré subirme al metro. Tambaleándome logré subirme a la micro. Tambaleándome llegué a mi casa, dejé el bolso en la cama y me encerré en el baño. Allí me liberé de toda al carga en mi garganta.
Luego me quité la ropa y me acosté. Dormí mucho, recordando lo que había vivido.
Así, de esta manera, se acababa un etapa, muy sufrida, muy reída, muy vivida, muy de todo. Aprendí muchas cosas y conocí a mucha gente, es lo que agradezco.
Es increíble salir de cuarto medio, a pesar de que aún no me gradúo, ya salí de clases. Solo queda la maldita PSU y todos esos trámites. Esperemos que todo salga bien.
Pero esto no es una despedida, ni siquiera un esbozo de lo que realmente fue el colegio para mí, de lo que realmente fue el Instituto
Eso es indescriptible.
Y a pesar de que no me siento institutano aun, le debo muchas cosas a este colegio. Y lo quiero mucho.
Cuidado! Que lo vivido es solo el prólogo de un libro con aventuras muy interesantes.
Muy interesantes.
Han sido trece años como escolar, de los cuales los últimos seis fueron vividos y sufridos y reídos en el Instituto Nacional.
Es increíble el cariño que uno puede llegar a tenerle a una institución que negó por tanto tiempo.
Me he dado cuenta de que en el final de las cosas nos damos cuenta de quien realmente somos. Entonces yo me pregunto ¿de qué me daré cuenta en el final de mis días?
Es inevitable la nostalgia a estas alturas del camino, dijo un compañero mío hace algunas semanas. Y por supuesto que tiene toda la razón. Si me pusiera a recordar todas las cosas que he vivido en este colegio no terminaría nunca. Creo que los seis años más importantes de mi vida los he vivido en este colegio.
Fue una cachetada a la cara el cambio vivido al llegar a esas aulas en séptimo año. El sentarse en una sala distinta con asientos distintos y personas desconocidas fue para mí un esbozo de lo que realmente es el mundo. Llevar algunos días antes de entablar contacto directo con algún alumno. Notarse tan pequeño en un colegio gigantesco que recorría en los recreos como si fuera un laberinto. Eso era lo que el Instituto me ofrecía en aquellos años.
Mis primeros rojos fueron en este colegio, recuerdo que mi primera nota en Lenguajes fue un cuatro, y en Matemáticas fue un uno. Otra cachetada en la cara. Así comenzaban los primeros problemas en casa, y con ellos, los primeros síntomas de una depresión que no culminaría nunca, por motivos muy diversos y cambiantes. Los primeros llantos y los primeros anhelos de escapar de esa realidad agobiante, de volver a la humilde escuela de mi barrio, con mis amigos y amigas de siempre, que conocía desde Kinder.
Pero en cambio se acababa un año intenso, muy intenso. La alegría de la noticia de que yo pasaba de curso reflejada en el rostro de mi madre fue algo muy grato.
Comenzaba el último año de mi enseñanza básica. Ese año, recuerdo, comencé a conocer de verdad a algunas personas. Salía con algunos compañeros a jugar videojuegos al Alonso Ovalle y a reír con ellos. Así comenzaba una interesante historia, una interesante batalla, mejor dicho. Y es que nos empezábamos a dar cuenta de que era la vida, o por lo menos lo que creíamos que era. Empezábamos a descubrir nuestro cuerpo, a ver las primeras porno, a mirar con otros ojos a las jóvenes en la calle.
Estábamos a las puertas de la enseñanza media y ya familiarizándonos con el colegio, adaptándonos a su sistema y a sus reglas. Aprendiendo que sacarse un rojo en cualquier ramo no era el fin de los tiempos, sino algo que a todos y a cada uno de nosotros nos pasaba, y nos seguiría pasando, pues vivíamos una etapa de curiosidad y descubrimiento por lo desconocido y atrayente, donde el colegio y las supuestas responsabilidades pasaban a segundo plano, y nuestro único interés era conocer y conocer, descubrir y descubrir. Eso es lo que hicimos al fin y al cabo, y por eso hubo años en que tuvimos que subirnos por las ventanas al bus de promoción al siguiente año.
A nosotros nos daba lo mismo, pero a nuestros padres no. Los castigos y retos se intensificaron, y con ellos nacieron las primeras discusiones entre padres e hijo. Los primeros sermones en que el padre hablaba estrepitosamente mientras el hijo, lleno de lágrimas y mocos, pensaba en alguna niña o en el castigo que se le avecinaba.
Así llegó la enseñanza media, y con ella, el pelo largo y la incipiente barba.
Nuevas discusiones con nuestros viejos para conservar esas características que nos hacían sentirnos más grandes. Discusiones que no se acabarían hasta que saliéramos de cuarto medio, por lo menos en mi caso.
En primero medio éramos lo más grandes de la tarde, y en segundo medio pasamos a ser los más chicos de la mañana. El levantarse temprano fue una pesadilla que hasta hoy no he podido vencer, y creo que por lo demás nunca lo haré.
Llegábamos a un colegio distinto, más frío, más lúgubre, más callado. Las puertas recién de habrían, el ambiente era más silencioso. No como en la tarde, cuando llegábamos al establecimiento entre un alboroto de gente y un sol radiante. Ahora las puertas recién se habrían y no había casi nadie del lado de adentro. El Instituto recién a despertarse.
Pero nuestra verdadera alegría, o nuestra verdadera ruina, comenzó en segundo medio. Descubrimos el alcohol, y todo lo que eso conlleva. Descubrimos la droga, y todo lo que eso conlleva. Descubrimos el rock, y todo lo que eso conlleva. Sexo, drogas y rock and roll podría ser un resumen de lo que vivíamos, era algo sin comparación. Nuestras primeras borracheras y voladas varias, así como nuestra primera vez en la cama con un niña, que se levantó de ella como una mujer.
A estas alturas ya teníamos algunos lazos bien importantes con ciertas personas, por eso fue incómodo cuando nos contaron que al siguiente año deberíamos dividirnos entre humanistas, biólogos y matemáticos.
Yo me incliné por el humanismo, ya que Lenguaje y sobre todo la Literatura me empezaban a atraer muchísimo. Pero la mayoría de mis compañeros y amigos se inclinaron por las otras áreas. No me arrepiento de mi elección, puesto que me sirvió para conocer a más gente y encaminarme a lo que realmente quiero ser.
Ya en tercero medio, tuve el honor de conocer gente realmente valiosa. Aquí me formé como humanista, comencé a ir a la biblioteca por libros para leer, el único vicio que nunca podré dejar.
Se desarrollaban en mí mis propias ideas sobre el mundo. Me deleitaba viendo y escuchando hablar a mis compañeros frente al curso. Comenzaba a entender Filosofía y Literatura, que combinados con nuestras salidas y carretes hacían de ellos una mezcla explosiva y peligrosa. Incluso nos acercábamos a la vida bohemia y nihilista que admiro mucho, pero que hasta ese momento nos a destruido y vuelto a crear, dejando como resultado a uno jóvenes idealistas, reflexivos, creativos y con una visión de mundo que no simpatiza con el sistema imperante.
Así comenzaron ciertos períodos de crisis existencialistas, y todo lo que eso conlleva. El rechazo frente a todo convencionalismo, costumbre, tradición. Una sociedad que repudiamos, un sistema capitalista y consumista, que devora a todo el mundo. Y es que nosotros nos dábamos cuenta de todo esto, pero no hacíamos nada por cambiarlo. Ese ha sido uno de nuestros errores, de los muchos que cometimos en esta estadía.
La gira de curso a Viña del Mar, en el verano del pasado año nos sirvió a muchos para entablar o reforzar ciertos lazos. Allí comencé a fumar, un vicio algo raro.
Hasta que entramos a cuarto medio, sea quizás el mejor de los años en el Instituto Nacional. Aquí conocí y me reencontré con profesores notables. Del año pasado ya que me dedicaba a la escritura en mis tiempos libres, pero tuve, muy a pesar mío, que dejarla de lado debido a que mis padres me matricularon en un preuniversitario. Ya no tenía tiempo para nada.
Es cierto, su mayor anhelo es verme en una universidad, para luego ser un profesional y ganar mucho dinero. Pero no es lo que yo quiero para mi vida. Se lo dije en una oportunidad, pero no me tomaron en cuenta.
La vida es muy dura, hay que saber hacerla más soportable.
De modo que luego del colegio iba al preuniversitario con algunos compañeros de curso. Allí conocí a algunas personas y me hice amigo de otras. Conocí a excelentes profesores también. Es lo que más agradezco de esa experiencia, haber conocido gente nueva.
Pese a todo, se acercaba el final de año, el final de una etapa. Ya nos martirizaban con la PSU y todas esas cosas que poco nos importaban.
Comenzaba a subirnos la nostalgia al recorrer el colegio y darnos cuenta de que habíamos vivido allí seis años de nuestra vida. Habíamos entrado muy pequeños, pelo corto, corbata arriba, camisa adentro, pantalones planchados y zapatos lustrosos. Pero ahora nos mirábamos y todo era tan distinto. Teníamos el pelo largo, andábamos desordenados, nuestros zapatos no brillaban, teníamos algunas espinillas y algún esbozo de barba y bigotes, incluso ya ni siquiera usábamos camisa.
Nos dábamos cuenta de que el colegio había envejecido con nosotros, había crecido también a pesar de todo. Había soportado tomas y paros, ocupaciones y manifestaciones varias. Había soportado lacrimógenas y chorros de agua sucia. Mirábamos por una ventana y nos sentíamos crecidos, grandes, viejos. El colegio era nuestro hogar, nuestros compañeros, profesores, docentes, académicos y todos los que trabajaban allí eran nuestra familia. Incluso siento mucha pena, muchísima pena al darme cuenta de que puede haber hecho muchas cosas más. Quise participar de la Academia de Letras, plantear mi opinión en diversas instancias, conocer mejor a las personas, a mis compañeros, al alumnado, a los profesores, a todo el mundo, y que ellos me conocieran a mí.
Con aquella nostalgia en el pecho se iniciaba la última semana de clases, mi última semana como escolar, mis últimos días en el Instituto. Pasaron las últimas pruebas y las últimas clases. Así llegó el jueves, último día como escolar. Las firmas de las camisas fue algo muy emotivo, despedidas varias, abrazos, dedicatorias, versos, lágrimas y un ambiente en el colegio que nunca olvidaré.
Creo que fui feliz ese día, me sentía tan cercano a todos, el colegio era mi amigo. Contemplar desde fuera una sala de séptimo básico en clases fue algo increíble. Saber lo que a esos niños les esperaba fue inexplicable.
Recuerdo que ese día, ese jueves, acordamos con unos compañeros de curso quedarnos a dormir en el colegio. Nos conseguimos alcohol y droga, nos juntamos a eso de las siete y media fuera del colegio. Entramos alrededor de las ocho y nos escondimos en la sala del centro de alumnos. Allí estuvimos escondidos con un grupo de diez compañeros hasta que todas las luces se apagaron y cada autoridad salió por la puerta.
El colegio era nuestro. Y nos sentimos libres.
Fuimos a buscar a algunos que estaban escondidos en el zócalo y a otros que se pasarían por San Diego. Luego de aquello, recorrimos el colegio libremente. El silencio era total y es establecimiento estaba sumergido en una clara oscuridad, ayudado por las luces de los edificios vecinos, agradable al ojo humano.
Volvimos a las sala del centro de alumnos y sacamos el alcohol y la droga. Lo pasamos expectacular. Era nuestro último día como escolares y había que celebrarlo.
Al cabo de unas horas bajamos al zócalo a inflar las bombitas de agua, pues al día siguiente, o mejor dicho, en unas cuantas horas, se efectuaría la guerra institutana de cuartos medios.
Ya al amanecer, algunos salimos del establecimiento para juntarnos en Plaza de Armas, pues allí habíamos quedado con los cuartos medios para realizar la marcha de devolución de la campana, desde allí al colegio.
Fue todo un éxito.
Entre cánticos y gritos atravesamos el Paseo Ahumada, y al llegar al colegio y entrar en él, alrededor de las nueve, ya se sintieron las primeras explosiones de bombitas de agua. Entonces el grito de guerra no se hizo esperar y cada humanista, biólogo y matemático corrió junto a los suyos, para prepararse a la guerra.
Ya cada bando estaba armado, de una lado la alianza matemático-humanista, y del otro, los biólogos. Entonces las bombitas de agua se tomaron el patio de honor, la arena de batalla. Así comenzaba la guerra.
Rápidamente algunos tuvimos que ir a recargar, mientras algunos de los nuestros eran atrapados por los enemigos. Así se sucedía la guerra. Y al cabo de algunas horas, cuando ya no quedaban municiones, comenzó la vuelta olímpica. Los himnos sonaban en lo alto, y los cantamos con el alma.
El colegio se acababa, y ahí, en medio de tanta gente eufórica, me di cuenta de su significado. Ya no había más.
Nos desprendimos de nuestras ropas y las colocamos al sol. Me enteré de que en unos minutos más se iba a realizar una despedida de los cuartos medios en el Parque O'higgins, así que con un grupo de amigos decidimos ir allá. Nos compramos algo para comer, cuidando de que nos quedara dinero para el alcohol, y tomamos el metro. Al llegar allá nos dimos cuenta de que había un montón de gente. Está de más decir que fue un pedazo de carrete, ahí entre los árboles. Varios jóvenes alcoholizados y risas por doquier. Yo me fui como a las ocho, porque ya no aguantaba más las ganas de vomitar, y además creo que ya no quedaba ni alcohol ni cigarros. Tambaleándome logré subirme al metro. Tambaleándome logré subirme a la micro. Tambaleándome llegué a mi casa, dejé el bolso en la cama y me encerré en el baño. Allí me liberé de toda al carga en mi garganta.
Luego me quité la ropa y me acosté. Dormí mucho, recordando lo que había vivido.
Así, de esta manera, se acababa un etapa, muy sufrida, muy reída, muy vivida, muy de todo. Aprendí muchas cosas y conocí a mucha gente, es lo que agradezco.
Es increíble salir de cuarto medio, a pesar de que aún no me gradúo, ya salí de clases. Solo queda la maldita PSU y todos esos trámites. Esperemos que todo salga bien.
Pero esto no es una despedida, ni siquiera un esbozo de lo que realmente fue el colegio para mí, de lo que realmente fue el Instituto
Eso es indescriptible.
Y a pesar de que no me siento institutano aun, le debo muchas cosas a este colegio. Y lo quiero mucho.
Cuidado! Que lo vivido es solo el prólogo de un libro con aventuras muy interesantes.
Muy interesantes.
domingo 15 de noviembre de 2009
Joven Adivinador!
Adivina, joven adivinador.
De que color son las nubes en la noche?
Adivina, joven adivinador.
Que hacen los pájaros en el cielo?
Los autos en la calle?
Adivina, joven adivinador.
Adivina adonde va a el sol en las noches.
Adivina que significa la palabra torcuato.
Adivina, joven adivinador.
Que es un antilibro?
Un antisacerdote?
Una antimujer?
O un antivivir?
Adivina, joven adivinador!
Que come el cielo!
De que se alimenta las tortugas en el verano!
Como se viste un glupoldio!
De que forma ríen las palomas!
Adivina, joven adivinador.
Porque se desnudan los árboles en otoño?
Adivina, joven adivinador!
Que piensa Dios de la gente pobre?
Adivina, joven adivinador!
Que piensa esta gente de Dios?
Adivina, joven adivinador.
Adivina, joven adivinador que te voy a preguntar ahora.
Ah que no!
Ah que si!
Ah que no!
Que si! Que no!
Joven adivinador!
Que son las tlantlas?
Donde puede conocer un Australopitecus?
Que veo el mundo?
Cuando canta Elvis de nuevo?
Adivina, joven adivinador!
Ah que no adivinas! Ah que si adivinas!
Haber! Haber!
Dale! Dale!
Adivina! Adivina!
Joven Adivinador!
De que color son las nubes en la noche?
Adivina, joven adivinador.
Que hacen los pájaros en el cielo?
Los autos en la calle?
Adivina, joven adivinador.
Adivina adonde va a el sol en las noches.
Adivina que significa la palabra torcuato.
Adivina, joven adivinador.
Que es un antilibro?
Un antisacerdote?
Una antimujer?
O un antivivir?
Adivina, joven adivinador!
Que come el cielo!
De que se alimenta las tortugas en el verano!
Como se viste un glupoldio!
De que forma ríen las palomas!
Adivina, joven adivinador.
Porque se desnudan los árboles en otoño?
Adivina, joven adivinador!
Que piensa Dios de la gente pobre?
Adivina, joven adivinador!
Que piensa esta gente de Dios?
Adivina, joven adivinador.
Adivina, joven adivinador que te voy a preguntar ahora.
Ah que no!
Ah que si!
Ah que no!
Que si! Que no!
Joven adivinador!
Que son las tlantlas?
Donde puede conocer un Australopitecus?
Que veo el mundo?
Cuando canta Elvis de nuevo?
Adivina, joven adivinador!
Ah que no adivinas! Ah que si adivinas!
Haber! Haber!
Dale! Dale!
Adivina! Adivina!
Joven Adivinador!
sábado 14 de noviembre de 2009
Que cosa, no?
Me duele el cuerpo, me duele la nariz. Por la guerra de viernes.
Y estoy recordando aquello.
Que nostalgia me da.
Porque siempre termino hablando de esta mierda?
Es algo inevitable, pero bueno.
Me vendría bien una chelita, pero no hay plata.
Que cosa, no?
Además ya sadrá el conchesumadre de la boti que me dirá.
"Muesteme su carnet, joven"
Hijo de la gran puta.
Que mierda le importa a él que yo me quiera comprar una chelita?
Pero quedan como dos meses para sagrada fecha.
Esperar, esperar, esperar.
Paciencia, paciencia, paciencia.
Que más decir? Para que tirar más mierda? Aun más?
No, mejor no.
Mejor me voy a dormir un poco, no he dormido mucho desde el viernes.
Que cosa, no?
Pero se pasó bien, le daré un tiempo para escribir algo digno de ser leído.
O por lo menos algo leíble.
No crees?
Y estoy recordando aquello.
Que nostalgia me da.
Porque siempre termino hablando de esta mierda?
Es algo inevitable, pero bueno.
Me vendría bien una chelita, pero no hay plata.
Que cosa, no?
Además ya sadrá el conchesumadre de la boti que me dirá.
"Muesteme su carnet, joven"
Hijo de la gran puta.
Que mierda le importa a él que yo me quiera comprar una chelita?
Pero quedan como dos meses para sagrada fecha.
Esperar, esperar, esperar.
Paciencia, paciencia, paciencia.
Que más decir? Para que tirar más mierda? Aun más?
No, mejor no.
Mejor me voy a dormir un poco, no he dormido mucho desde el viernes.
Que cosa, no?
Pero se pasó bien, le daré un tiempo para escribir algo digno de ser leído.
O por lo menos algo leíble.
No crees?
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